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Periodismo y periodistas (serie de varios artículos: III)

   Si han llegado hasta aquí es muy probable que ya conozcan un dato personal y profesional: soy periodista. O cabría mejor decir: periodista en paro. Desempleado. Sin oficio. Con escaso beneficio. Con máster oficial, aunque sin título (pagar 180 euros supone una barrera para conseguir un papel firmado y sellado con un tampón gubernamental). Pero les decía, si están aquí es casi con total seguridad porque saben que más antes que ahora me he dedicado a manchar de tinta algún periódico, o a manchar su retina y su oído con alguna imagen y alguna voz en off. Ya saben, por aquello de haber trabajado (y cobrado) en un periódico y en los informativos de una televisión. Ambos regionales, y ambos a día de hoy tan adelgazados que para reconocerlos hay que mirarlos más de tres y cuatro veces.

    Pero puesto que ahora (sin razón lógica alguna) ando metido en un ciclón optimista (al menos cuando me pongo delante de este portátil), he decidido dejar por escrito en este escenario digital un principio que, quién sabe, si no jugará en mi contra en un futuro no muy lejano: nunca más trabajaré gratis. Sí. Lo repito: nunca más trabajaré gratis. Y una última vez, todos conmigo: él (yo) nunca más trabajará gratis. Una postura que no es en absoluto novedosa, ni siquiera exclusiva. Ya la Asociación de la Prensa de Madrid emprendió hace tiempo su conocida cruzada #GratisNoTrabajo, que muchos compañeros han tratado de hacer visible desde sus perfiles sociales (twitter, facebook, instagram…).  En cambio, es ésta una sentencia optimista a su modo y sencilla de comprender, a pesar de que como ya he dicho pueda algún día jugar en mi contra. Pero ya ven, he decidido jugar así esta partida de dominó. Así, con mi pecho sin tatuar al descubierto. A lo bestia. Envalentonado y sin vara. A lo William Wallace en Braveheart. Estoy muy loco, ya leen. Suficiente me han pintado (por favor, obvien hacer chistes con mi primer apellido) ya la cara. Así que he decidido que si algún día me la vuelvo a pintar, será solo para disfrazarme de payaso.

   Conviene dejar claro entonces el porqué un periodista en este siglo digital debe dejar por escrito un principio tan obvio. Creo que es bastante sencillo: hoy día es probable que conozcan ustedes el mismo número de periodistas que trabajan gratis, que aquellos que trabajan cobrando. En mi caso conozco algunos, pero por fortuna todavía son más los que pueden vivir de su oficio (también es cierto que conozco aún más que, como yo, están hoy por hoy desempleados). El razonamiento parece sencillo: Trabajar y que te paguen. Como un charcutero, como el cajero de su supermercado, como el profesor que enseña a sus hijos, como ese dependiente que les vende los calzoncillos (o las bragas) en el comercio de la esquina de su barrio, o como el administrativo que les resuelve sus papeles en cualquier oficina. Un oficio, vamos, como los de toda la vida. El oficio, como explica en su libro Iñaki Gabilondo, de “contar las cosas”. En fin, no es que sea yo un idealista, pero es verdad que esto de escuchar, preguntar y analizar para después escribir la historia es bonito, y a los que lo hacemos (la mayoría, no todos) nos encanta hacerlo. Y llámennos extraños pero no nos gusta que se pague con un equivocado “por amor al arte”, preferimos en cambio cobrar dinero por ello. Ya ven lo patético que resulta reivindicar lo obvio, pretender defender el sentido común. Necesitamos dinero, como todos, para comprar la barra de pan del día, abonar nuestros impuestos para financiar una sanidad y educación públicas, y pagarnos una entrada al teatro, que no es país para ricos, aunque ahora lo quieran vender así.

Este post quizá sirva para redimir la culpa

   Pero les decía: a buen seguro conocen ustedes a alguien que trabaja llámenle sin cobrar, llámenle gratis, en algún medio de comunicación. Yo también, claro. Y he de confesar que no despiertan mis simpatías; es más, vaya por delante (y aunque suene equivocadamente radical) que no puedo considerarlo compañero. Porque si se atienen ustedes a la definición que la RAE da por compañero en su primera acepción “Persona que se acompaña con otra para algún fin”, yo me niego, evidentemente, a considerarlo tal. Y vaya si me da tristeza. Pero de hacerlo estaría en la carrera por conseguir ese fin: es decir, que todos trabajemos sin cobrar como periodistas. Y es verdad, este oficio se ha desangrado en credibilidad –ya lo reconocí en este post-, se está reinventando, está hoy por hoy en un proceso de cambio indefinido y todo eso que nos llega a los que nos dedicamos a esto; pero tengo muy clara una cosa: el proceso de cambio no puede ir hacia el todo gratis. Hacia el trabajar sin cobrar. Ese no es el futuro. O al menos, no es el futuro recomendable en ningún sentido. Trabajar gratis es hacer caer el periodismo. Es darle una patada en la cabeza al oficio que debiera darte de comer. Y quizá suene simplista y exprese una razón muy básica y sencilla aquí, pero es así. ¿Quién de ustedes concibe que ese mismo charcutero, cajero, proferor, dependiente o administrativo del que hablaba en el párrafo anterior a este pueda trabajar sin cobrar?.

   Y sí, ya les decía que yo ya lo hice. Lo confieso, he pecado. Quiero decir: he trabajado gratis como periodista. Es uno de mis pecados profesionales confesables. Lo hice antes de terminar mi licenciatura universitaria y es cierto, ello me sirvió para conseguir después un puesto de trabajo. Este post quizá sirva para redimir la culpa. Lo hice, y he de decir que obviamente no me arrepiento. Y les explico: Entiendo positivo y altamente recomendable que alguien que está recién licenciado o acabando sus estudios de periodismo (por cierto, si es o no necesario hacer estudios de periodismo para ejercer profesionalmente daría para escribir otro post) tenga una oportunidad en forma de prácticas en un medio de comunicación. Como en cualquier otro estudio. Como en cualquier otro oficio. Siempre, claro, que ese marco de trabajo esté perfectamente regulado y bien definido, y lo que es todavía más importante, se respete: hacer prácticas es hacer prácticas, no es ocupar el puesto de trabajo de alguien que se va de vacaciones o que está de baja. Eso no es hacer prácticas. Eso es otra cosa. Y ustedes, como yo, lo saben. Pero sí, entiendo que alguien sin experiencia alguna trabaje un período de tiempo limitado (quizá tres o cuatro meses podría ser, en mi opinión, un tope máximo) a coste 0. Digo que lo entiendo, aunque me gustaría completarlo: Lo razonable sería que a esa persona se le paguen, al menos, los gastos que se genera trabajando, por ejemplo: desplazamientos al lugar de trabajo y almuerzo. Sé que esto es quizá un ideal, pero en un espacio de normalidad debería ser así. En todo caso, hablamos de cosas diferentes. Prácticas son prácticas. Y lo que viene después, el oficio,  ya es el mundo real. El mundo de los impuestos, del trabajar para comer, y del día a día para abonar tus facturas. Y ahí, ahí mi intransigencia es plena. No puedo aceptar que un compañero trabaje gratis para un medio de comunicación que se lucra. Y, una vez más, insisto: vaya si me da pena tener que decirlo. Pero es así.

   Perdonen si peco de optimismo al pensar que este post va a servir para que alguno de esos no compañeros se replantee su postura. En estos tiempos de pensamiento digital conviene no cogérnosla con papel de fumar, ir de frente con el oficio, asumir nuestros errores (que han sido muchos) y no ser ajenos al cambio de escenario que venimos viviendo; pero también conviene que cada uno de nosotros, como periodistas, muestre sus fichas para enfrentar la partida. Aquí está jugada la mía.

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Conversaciones con Aurelio (I)

   CAPÍTULO I: ¿Pero quién es Aurelio?

   Aurelio siempre llega antes que yo a la cafetería donde solemos quedar. Llega antes, y se va más tarde. No es que el gesto tenga nada de especial (o sí), pero lo cierto es que es un hecho que quería dejar por escrito. Por mi parte suelo llegar a nuestros encuentros mensuales cuando Aurelio está echando su terrón de azúcar en el café. Sí, los terrones en el bar al que vamos siempre desde hace dos años aún existen. Lo echa, y lo deja disolver. Paciente. Tranquilo. Sin remover el líquido negro. “No me gusta provocar la mezcla, creo que ellos solos se acaban entendiendo mejor”, me dijo un día que le pregunté por qué no utilizaba su cucharilla. Aurelio escribe. Lo hace mucho mejor que yo y en más cantidad. Escribe de todo: desde ensayo a pequeños guiones para cine o teatro, pasando por críticas muy burras sobre televisión. Aunque puedo decir con la cabeza bien alta y el pecho henchido de orgullo estúpido que le gano en algo: Él nunca ha publicado una línea de toda su producción. “Me da miedo o vergüenza, no sé muy bien. Pero me da un no se qué en las tripas cada vez que pienso que alguien puede leer algo de lo que he escrito”. Esa es siempre su excusa, o su escudo, tampoco yo lo sé. ¿Excusa o escudo? Siempre dudo en el mismo punto.

   Aurelio no es “hipster” y dudo que sepa qué carajo significa eso (ni siquiera yo me atrevería a dar una definición), pero se gasta una ligera barba cerrada de quince días. Siempre la misma cantidad de pelo negro repartida por esa tez que antes de quedarse en paro lucía desnuda y blanca como el fondo de esta pantalla electrónica. Eso sí, la suya es de esas barbas ligeras que parecen (y lo son) desaliñadas y con cierto aspecto de insalubridad. A los quince días se la afeita. O no, tampoco lo sé, porque suelo verlo únicamente los día 15 del mes (es una cita ineludible desde hace 24 meses), pero lo cierto es que siempre ese día lleva una barba idéntica a la del mes anterior. De ahí mi deducción. No falla. Como tampoco falla que venga a la cita después de haber andado un buen rato (normalmente antes de comenzar nuestra conversación me suele decir por dónde ha caminado ese día), sin teléfono móvil, aunque sí con un pequeño cuaderno donde a veces le veo anotar “cosas”. No siempre anota, pero en ciertas ocasiones incluso me ha dejado hablando solo para concentrarse en algo que está escribiendo. Nunca le he preguntado qué anota, por si piensa, rencoroso, que pretendo robarle una idea para escribirla yo. En el fondo (y en la forma), creo que no se acaba de fiar de mí. Por lo demás, viene siempre a nuestras citas con el mismo aspecto: sus esféricas gafas para miopes made in años 90, su camisa de marca, su chaqueta de pana (da igual la estación del año), sus vaqueros, su mariconera de tela tejida por una ex novia y sus botas gordas de montaña (también da igual la estación del año). Así luce Aurelio durante nuestras conversaciones del día 15 de cada mes. Conversaciones que suelen alargarse de media un par de horas y que tienen fecha y hora fijas e ineludibles, salvo una única cuestión de fuerza mayor: que uno de los conversadores fallezca. En ese caso, es obvio, se anulará la cita. En su día, después de cuatro encuentros, bautizamos la cita precisamente así: Las conversaciones del día 15 del mes. A originalidad es difícil que venga usted a plantarnos batalla. Le ganaremos sin piedad, así que dese ya por vencido.

   Aurelio suma en su cuenta, según su tarjeta de puntos del club Carrefour, 33 tantos. Y es que Aurelio lleva 33 años con la tarjeta de esa gran superficie en su bolsillo. A algunos sus padres les abren al nacer una cuenta de ahorro, a él su padre le hizo 9 días después de haber visto la luz de este mundo una tarjeta de puntos para ir sumando descuentos. Así, todos los meses hace puntualmente la compra en ese supermercado. Y lo más curioso de todo: aún no ha utilizado ni una sola vez los descuentos acumulados. Muchas veces me comenta qué es lo que piensa hacer el día que decida gastar sus puntos: “Ríete tú del 3×2 o el 2×1 en ofertas. Lo mío será una cadena de descuentos de récord guiness.” Siempre fantasea con que le dará para comprarse una de las motos que incomprensiblemente suele encontrarse por los lineales de productos del supermercado. 33 primaveras decíamos, exactamente las mismas que vio el altísimo hasta agachar la cabeza en la cruz. Al final, siempre todos acabamos torciendo el cuello hacia abajo: para obedecer, para coger impulso y soltar el cabezazo que deje ko a nuestro oponente o para recibir el duro escarmiento; pero lo cierto es que siempre la acabamos agachando. En lo amoroso (o en lo que atañe al sexo, llámenlo como prefieran) Aurelio tiene pareja estable (él dice que es estable porque, en contra de su voluntad pero a favor de su suegra, está casado por la Iglesia, y eso le otorga una cierta contundencia al asunto conyugal) y una hipoteca que sacó a pachas con su pareja a 35 años. “Esa sí es razón para la estabilidad”, bromeo siempre con él. Todavía le quedan 30 de cadena, que no es perpetua, pero casi. Es licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Madrid. Terminó sus estudios de acuerdo a lo que establecen los cánones educativos: 10 años para la educación obligatoria, 2 años para el bachiller, y otros 5 años más en Madrid para completar su licenciatura. A eso, súmenle otro año de máster pre doctoral en algo tan indefinido y tan etéreo como “estudios avanzados en comunicación”. Y después de ello, sazonen ese expediente académico con otros tantos cursos de especialización profesional que ha ido intercalando mientras trabajaba y, por supuesto, tras haberse quedado en paro hace ahora 2 años. Por aquello del “reciclaje profesional”, la indefinida “empleabilidad”, y miedoso de no atender al consejo que le expedían sus amigos que entre caña y tapa ejercían de orientadores laborales, ha llegado a hacer cursos que no sabía muy bien para qué servían. Especialmente destacable es uno que hizo por ordenador y desde casa (entorno online lo llaman)  para aprender algo de la cultura gastronómica que rodea al jamón de cebo, incluido cómo se debe cortar (verlo hacer prácticas sentado delante de su ordenador debió ser surrealista), o aquel otro curso (éste presencial) que se titulaba “Aproximación al marketing experiencial turístico y comunicación eficaz de persuasión para captar clientes de los residenciales extranjeros aledaños”. Pero él, como un campeón de entre todos los campeones del mundo cola cao, los ha terminado todos y los ha dejado por escrito en su Currículum Vitae (CV). Siete folios de CV en los que además de su formación y sus distintos trabajos cuenta algunas experiencias personales para darle al documento un tono informal que todavía no termina de tener claro si mejora o empeora el oficialismo que debe tener el asunto de los CV. Por cierto que la mayoría de esos amigos que le dan continuamente consejos laborales llevan años trabajando sin haber terminado si quiera la ESO. Pero ellos tiran de consejos cuya fuente, muchas veces, es “que lo han dicho en la tele”. Y ya saben, si lo han dicho en la tele el argumento va a misa, se confiesa en cabina y vuelve 25 millones de veces. Y de ahí ustedes no les van a sacar. De momento esos amigos que comulgan con la homilía televisiva se han salvado de la gran crisis que, en lo laboral, ha barrido de esperanzas un país entero.

   Por empezar a concretar diremos también que Aurelio trabajó sus últimos 8 años de vida profesional como ayudante de producción en una televisión. De ahí precisamente nuestra amistad: coincidimos trabajando durante esos 8 años. Lo hicimos en una televisión que se apellidaba autonómica y que nació de manos de un hijo bastardo. Un hijo que ya era padre y pudo provocar ese nacimiento televisivo en una autonomía gobernada durante muchos años por un único partido, al frente del cual siempre ha estado el mismo señor. Ni los guionistas de Boardwalk Empire serían capaces de encontrar mejor material para construir su ficción seriada.  En el escenario nacional, es cierto, Aurelio sí ha vivido como el resto de sus coetáneos una alternancia gubernamental: De rosa a gaviota, de gaviota a rosa y, por último, otra vez a gaviota. Y en gaviota andamos ahora estancados. Aunque la flora y la fauna de nuestro entorno natural, esta vez, no es el tema de conversación que más se repite durante los dos cafés que, cada uno, nos tomamos en nuestras respectivas citas los días 15 de cada mes. Hoy hablamos, entre otras cosas, del incidente televisado, radiado y publicado entre un periodista de una cadena de televisión a la deriva y los ex presos liberados de la banda terrorista ETA. Le digo que, en mi opinión, ese periodista se excedió al exigir que los etarras pidieran perdón en ese contexto. No olvides, le argumento, que un periodista en una rueda de prensa es una persona que debe cuestionar cosas, preguntar para aclarar dudas y exigir datos, pero nunca invitar a nadie a que sostenga ciertas posturas. Sea cual sea la postura, y sea cual sea el personaje que tenga delante. Creo que se equivocó porque cuando exigía a los terroristas que pidieran perdón se estaba expresando como ciudadano y no como periodista. Cosa distinta es que preguntes, por ejemplo, por los motivos por los que no piden perdón, si tienen remordimientos o si consiguen conciliar el sueño por las noches. Eso enciende a Aurelio: “pero joder, son unos putos asesinos y se estaban mofando en nuestra cara, ¿es que no ves que les estamos dando todo lo que piden? Mira, el Gobierno dijo que ese acto era ‘repugnante’ y en eso, por una vez, coincido con los mendas, pero lo que no puedo llegar a entender es cómo dejan que se lleve a cabo algo así, y encima en un antiguo matadero como escenario. Cómo pudo celebrarse esa rueda de prensa en la que además los etarras no  aceptaban preguntas. Joder, tío, es que eso entonces no es una rueda de prensa. Es simplemente la lectura de un comunicado. La puesta en escena más cruel que haya visto nunca en esto que tendemos a llamar democracia. Y yo, si hubiera estado ahí, les hubiera dicho exactamente lo mismo. ¿Pero por qué coño no son capaces de pedir perdón?.” Si a mí también me parece asqueroso ese acto, le digo asumiendo parte de su respuesta, pero esa no es la cuestión. La cuestión es si el periodista se excedió en su competencia profesional. Y yo creo que sí. Es más, ese incidente se habría evitado si como tu dices (otra vez me pongo de su lado para que intuya cierta empatía) los ex presos que se reunieron allí hubieran estado solos. Solos, solitos, solos. Una convocatoria de prensa en la que no se admiten preguntas no es una convocatoria para medios de comunicación. No tendría que haber ido ni uno solo de los periodistas que estaban acreditados. Y si van, que pregunten a destajo todos, pero que pregunten a degüello y que planteen dudas, no vale que traten de imponer su postura como si fueran ciudadanos. “Sí, claro, y tú te crees que los editores de los medios van a dejar de enviar a uno de sus redactores. Pues no.” Claro, le digo, ese es el problema. “¿Cuál?” El pues no. ¿Y por qué no pues si? ¿Por qué no el plantón? ¿Por qué no hay unión entre profesionales? ¿Por qué este sálvese quien pueda continuo?. “Pues porque los periodistas siempre habéis tenido esa actitud competitiva por conseguir la mejor exclusiva, por arrimaros al político que -bajo manga- soltara más prenda. Porque además cobráis una puta mierda y a ver quién es el primero que salta y automáticamente se va a la calle. Y calladito y sin mirar atrás que ya daré yo referencias tuyas. Porque se habla poco de la ética y la higiene profesional. Por eso, y solo por eso.” Precisamente por ello, le digo mientras apuro el último sorbo de mi segundo café,  no tendríamos que haber ido a ese puto acto, Aurelio joder. Ya va siendo hora de que nos plantemos todos juntos y empecemos a ganarnos el respeto que hemos perdido entre la sociedad para la que, en la perfecta teoría que se estudia en las Universidades, debiera servir este oficio periodístico.

   Aurelio me mira como cuando en el supermercado de al lado de casa observas una caja de preservativos antes de comprarla: confirmando que sí, que esa noche sí. Presupongo entonces que le ha gustado comprobar que con mis últimas palabras volvía a ponerme de su lado. Él también se ha terminado ya su segunda ración de cafeína. Está removiendo sin mirar el poso que siempre deja el café en el culo de la taza. Como buscando seguir con otro contra argumento para así alargar la discusión. Sin embargo, le digo que ya es hora de terminar esta conversación del día 15 del mes. No es tarde, pero es momento de que cada uno vuelva a sus rutinas de parado. Por supuesto, me voy yo primero. Él, como siempre, se quedará algunos minutos más en el bar anotando algunas “cosas”.

**– Ilustración de Alberto González.

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Periodismo y periodistas (serie de varios artículos: II)

   Permitan que, imbuido de algún modo por la cercanía de la falsa esperanza navideña, me salga este 11 de diciembre de 2013 un texto un tanto optimista. Por decirlo de un modo popular y por continuar dibujando esa estampa navideña, veo la copa de sidra medio llena. Y créanme si les digo que, en lo laboral, tengo muy pocos o ningún motivo para verla así. Ya les contaba hace apenas dos semanas hacia dónde creo que nos dirigimos profesionalmente muchos de los que nos hemos dedicado en algún momento al periodismo. También les explicaba allá por el mes de mayo cuando abrí este espacio 2.0 el escenario en el que andábamos metidos quienes (en algún momento de nuestras vidas) hemos comido de esto de contar historias de vidas ajenas. En cifras -que es siempre un recurso objetivo para testear la realidad- en aquel post del mes de mayo hablábamos de 10.081 puestos de trabajo destruidos (según el observatorio de la crisis de FAPE) en el sector de medios de comunicación. A fecha 11 de diciembre de 2013 hablamos ya de 12.010. Cada número, del 1 al 12.010, es una persona sin trabajo. Pueden descargar el documento completo si quieren ustedes comprobarlo. Inciso: Y eso que les prometí al comienzo del post ser optimista, pero ya ven, así cualquiera se pone a darle la vuelta a esa tendencia. Vamos a intentarlo apartando de un manotazo el precario escenario laboral y centrándonos en el periodismo en sí. En la prensa escrita. En lo que cuenta la letra. En el medio, sobre todo, digital. En el mensaje. En cómo se sostiene económicamente. En la forma de narrar la información general.

Los nuevos medios están sobreviviendo sobre

la base de un proyecto periodístico distinto

   Aquí sí. A partir de aquí pueden leer ya con una semi sonrisa optimista. A partir de aquí es donde podremos ver la copa de sidra medio llena. Esa última frase incluye también, nunca lo olviden, que aún queda otra parte de la copa vacía. Pero pongámonos en el lado de la esperanza y el optimismo semi ciego. Creamos en el cambio de tendencia periodística. Y no pretendo que esto sea un brindis al sol. Motivos, algunos pocos y gracias a profesionales valientes, creo que hay. Los van a leer. Éste, y solo éste, es el objetivo del post: brindar con una copa de sidra semi llena por el futuro del periodismo escrito. Desearle lo mejor, claro está. Pero para eso es necesario que dejemos a un lado los ejemplos de periodismo convencional que todos conocemos. Les hablo, claro, de los diarios con los que ustedes (y yo) hemos sido educados durante los últimos 30 años, léase aquí El País, El Mundo o ABC, por citar los tres más importantes (en cuanto a ventas se refiere) a nivel nacional. No nos ocuparemos de ellos. Vayamos mejor a los nuevos diarios que combinan la publicación digital (contenido online) con la publicación escrita (lo que los profesionales del marketing llaman comunicación offline), la mayoría de los cuales han surgido en medio de la zozobra de la crisis. Aunque hablar de nuevos es mentir, pues todos tienen ya una trayectoria vital que, en algunos casos, es de años y, en otros, de varios meses. Por tanto ya no es novedad. Muy al contrario, y de ahí la raíz positiva del post, están sobreviviendo sobre la base de un proyecto periodístico distinto, con diferencias evidentes con esos tres diarios que poníamos como ejemplo más arriba. Por eso, creo, merece la pena hablar brevemente de ellos. Me refiero a infoLibre, La Marea, El diario, Periodismo humano o, el más longevo de todos, Diagonal. Leerán y comprobarán si se deciden a hacer clic en alguno de esos enlaces que son todos diarios de inspiración progresista, con un marcado acento hacia una línea editorial de lo que, políticamente, ustedes y yo conocemos como izquierda. He buscado y rebuscado otros diarios, similares a los que cito como ejemplo, de inspiración conservadora o derecha pero mi búsqueda ha ofrecido un resultado desértico. De ahí la razón por la que solo cito esos. Créanme que he intentado por todos los medios equilibrar la balanza, pero ha sido un esfuerzo en vano. Quizá este post sirva para que alguien me abra los ojos y me descubra la existencia de esos diarios con una línea editorial distinta. Ya saben, es lo bueno del 2.0.: Todos podemos aportar.

Todos ofrecen como garantía de calidad que sus

contenidos no están sometidos a presiones de ningún tipo

   La diferencia entre estos cinco últimos diarios mencionados (infoLibre, El diario, La Marea, Periodismo humano y Diagonal) y sus primos hermanos tradicionales (El País, El Mundo, ABC) es, por un lado, que solo existen en la esfera digital. Es decir, si quiere usted leerlos tiene sí o sí que entrar en Internet, lo que ya está marcando una forma de leer la información: habituarse a una correa transmisora diferente a la habitual de ir al kiosco y comprar el periódico. Aunque esto no es del todo cierto, pues todos -salvo Periodismo humano– tienen su versión papel, normalmente una publicación editada mensualmente o cada quince días. Infolibre, por ejemplo, tiene la publicación mensual tintaLibre, uno de los mejores contenidos periodísticos, a mi juicio, que podemos encontrar hoy día. Pero la gran diferencia es la forma de entender el negocio periodístico. Y, por favor, quítenle a la palabra negocio todas aquellas connotaciones peyorativas que en este momento se puedan estar paseando por su cabeza. Ninguna de estas cinco publicaciones ve el periodismo como un gran negocio para conseguir un enriquecimiento monetario (al contrario que los diarios tradicionales, lo que constituye quizá la gran diferencia de base), aunque tampoco pretenden esconder que quienes trabajan en él quieren tener unos salarios dignos y poder vivir de aquello que mejor saben hacer. Pero, con todo, la mayor diferencia no es ni la forma de acceder a la información ni la visión del periodismo no como un negocio para enriquecerse sino como una verdadera herramienta de supervisión de cualquier poder (político o económico). La mayor diferencia es, precisamente, que todos ofrecen como garantía de calidad que sus contenidos no están sometidos a presiones de ningún tipo. Y dirán ustedes, ¿cómo es posible esto? Sencillo y básico: si una empresa quiere publicitarse en alguno de esos medios tiene que asumir, por ejemplo, que si algún día se viera implicada en una información perjudicial para sus intereses el medio no iba a obviarlo e informaría de ello. Si no se fían de lo que les digo pueden ustedes mismos comprobarlo visitando los diferentes medios y chequeando cómo se financian. Financiación que, por otro lado, también llega a través de la cuota que pagan los socios. Y esa es la cuarta diferencia: la posibilidad de hacerse socio (bien del formato digital, bien del formato papel, o ambos) o contribuir con una donación. En algunos casos, como el de La Marea, puede incluso hacerse socio cooperativista y participar de la toma de decisiones. Un paso más allá y otra forma de entender el periodismo y el servicio que éste cumple en toda sociedad que aspira (creo que lo justo es utilizar siempre ese verbo: aspirar a) a ser justa e igualitaria.

   Por cierto -y voy terminando que tendrán ustedes que ponerse a hacer otras cosas- que les venía a contar todo esto porque uno de esos diarios, Diagonal, está pasando una mala racha y necesita de nuestra ayuda. Con todo lo narrado y si de verdad creemos y queremos un periodismo distinto no estaría de más que, entre todos, le echáramos un cable aportando lo que podamos. El periodismo se lo agradecerá.

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