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Descenso

   Ocurre a veces. Ocurre que la vecina a la que a menudo oyes enfadarse y luego gemir, o al revés (da igual el orden porque esa suma da a su vez otra operación en forma de multiplicación: convivencia por conveniencia), coincide contigo en el ascensor. Te subes a ese fantástico aparato eléctrico para descender a la planicie. Tú, que vives (o más exactamente, sobrevives) en un cuarto piso de un edificio del extrarradio. Tú, que sobrevives en las alturas, y de vez en cuando bajas para tocar con tus pies el suelo raso de tu existencia. Desciendes, es curioso, para no perderte en el abismo voladizo que planea esa cuarta altura. Sucede que en el transcurso de ese viaje en ascensor hablas con tu vecina cincuentona del tiempo, del calor que hace en la calle, de la que se os viene encima este verano. De territorios comunes. Ocurre que os despedís, como si tal cosa, en la puerta de entrada al edificio sin saber que vuestros caminos discurrirán paralelos durante los próximos treinta y cinco minutos. Tú, caminas tranquilo, fumando un cigarrillo, revisando tu móvil cada cierto tiempo, disfrutando de cada pisada sobre la losa. Ella, también tranquila, acordándose aún de que hubo un tiempo en que el movimiento de sus caderas te provocó cierto deseo. Por eso, piensas para ti, también ella camina tranquila, bamboleándose a sus cincuenta y tantos años, y mirándote de tanto en tanto de refilón. Camináis, insisto, en paralelo, pero por aceras distintas. El uno enfrente del otro.

   Ocurre que durante ese trayecto hacia alguna parte que ya has iniciado te cruzas con aquella chica del Instituto a la que te intentaste ligar con poca maña. Entonces, como ahora, eras un mal estratega. Y eso siempre te pasó factura. Intentas mirarla de frente, pero hay algo que te lo impide. No sabes el qué, pero lo hay. Quizá la vergüenza de recordarte derrotado, como ahora. La esquivas, aunque no del todo. Tratas de comprobar si de algún modo ella te ha reconocido. Y no. Ni te ha reconocido ni apenas te ha dedicado una milésima de segundo cuando os habéis cruzado. Sus ojos marrones, acuosos y perfectamente perfilados, no se han detenido en ti.

   Sucede que al continuar tu camino y llegar a la altura de una Iglesia ves como salen todos, en tropel, de celebrar la eucaristía. Estás escuchando cómo suenan las campanas al mismo tiempo que ves cómo los feligreses charlan animadamente, alegres, en paz, con su conciencia tranquila. Y mientras oyes y ves esa escena te preguntas por qué tú no tienes nada que celebrar. Tratas de repasar mentalmente en qué te has equivocado para haber confundido (con intención, o sin ella) la parroquia. Y, como siempre, no encuentras el porqué. Otra pregunta sin resolver que se te acumula en la cuenta.

Descenso Cristina Gutierrez

   Entretanto tu vecina sigue ahí. Caminando en paralelo a ti por la otra acera. Mirándote de reojo, cada cierto tiempo, para acompasar sus pasos con los tuyos.

   Y así, sumando pisadas, llegas a la vía más transitada de la ciudad. Esa vía que todo el mundo en la capital conoce. El vial (ese medicamento urbano) en el que a menudo practicas forzado un deporte llamado ir de compras. Y es ahí cuando decides iniciar tu macabro juego: contar a los sin techo que te vas cruzando. Uno, dos, tres, cuatro (ésta con su hijo), cinco, seis, siete, ocho (éste con su perro), nueve, diez… Así, hasta que decides dejar de contar. La estadística va a ser tan elevada que mejor dejarlo aquí, cuando apenas llevas media vía recorrida. Para ti, no como para otros, son personas, no números. Por eso decides dejarlo, desesperado. Es demasiado duro para un día como éste. Quizá en otro paseo decidas terminar tu juego. El de hoy –recuerdas cuál era tu objetivo al salir de casa- pretendía ser un paseo tranquilo hasta alcanzar el lugar para la cita. Ese territorio común. Bajar de esa cuarta altura para tocar la superficie asfáltica. Lo recuerdas y te sonríes: Asfalto es una palabra que siempre te ha hecho gracia. Asfáltico es aún más divertido.

   Sucede entonces que, sumido en el sumidero de tus pensamientos, has llegado ya hasta tu punto de encuentro. Casi sin darte cuenta estás en el centro de la ciudad. Tres cigarrillos, dos tuits, y treinta y cinco minutos después estás ahí. Igual que tu vecina cincuentona, rubia tintada, bamboleante. Ella también ha llegado a su cita. La diferencia es que a ella la están esperando. Su marido le levanta la mano en un gesto cómplice de avistamiento de pareja. Tu vecina se acerca en actitud coqueta al marido, que también es lógicamente tu vecino. Lo besa. Te mira. Lo vuelve a besar. Esta vez no te mira. Le da la mano y se la aprieta fuerte. Se despide de ti a su modo. Como sólo lo sabe hacer una mujer cincuentona, bamboleante, extrovertida. Ambos se giran y entran en una galería comercial.

   Y ahí te quedas tú, solo, esperando a tu cita. Has completado el camino junto a tu vecina. Pero ella se va primero. Se va, como se va de casa cada vez que se pelea a gritos con el marido, tu vecino. Aunque luego vuelve, y esas noches son las de más gemidos. Y otra vez se repite la multiplicación: convivencia por conveniencia. Ocurre en ese momento que enciendes el cuarto cigarrillo de un paseo ya finalizado. Miras el móvil. Retuiteas sin pensarlo mucho un tuit de contenido político. Miras tu reloj, aunque no te impacientas. Esta vez te sientes seguro. Cinco minutos después aparece ella. Camina con la cabeza baja, el bolso apretado bien fuerte contra su costado, abriéndose paso entre los distintos grupos de gente. Al llegar hasta ti es ella la que te besa en la mejilla. Pero eres tú el que se arranca con las primeras palabras:

–    Por favor, vamos a un bar. Tengo algo que contarte.

–** Fotografía de Cristina Gutierrez, del Colectivo Errante.

–** Relato incluido en Manifiesto Azul 14. Lee el fanzine aquí.

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