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Teatro en almíbar

   Disculpen si hoy me leen algo más azucarado de la cuenta, si durante su paseo textual de miércoles (o de lunes, martes, jueves, viernes, sábado o domingo, cada uno elige qué y cuándo lee) tropiezan aquí con algún adjetivo endulzado, un sustantivo acaramelado (como su amor propio) o, en fin, una defensa humilde y anteriormente puesta en almíbar de la actividad teatral. Teatro desde un nivel aficionado, teatro como escape del teatro de su vida, teatro para el puro y simple entretenimiento de su intelecto.

   Permitan asimismo que hoy miércoles, día del espectador, les hable con voz nerviosa y torpe de Federico. Con un pañuelo de tela desgastada guardado en mi bolsillo. Agarrado a una botella de coñac. Desconfiado. Peinado con la raya bien marcada en el lado izquierdo. Ansioso. Sin sombrero, pero con prestancia. Vestido con camisa y chaqueta. Con zapatos de niño bien. Nervioso. Muy nervioso. ¿Les he dicho que estoy nervioso? Repetitivo. Les hablaré así, entre ustedes y yo.

   Prometo explicarles en la medida en que pueda y sepa porqué les anticipo todos estos detalles. Allá voy:

   Sabrán algunos de los que pasean habitualmente por aquí y me conocen fuera de este escenario digital (para el resto, ¡se hace saber!) que ando enrolado junto a otros siete personajes en una compañía de teatro aficionado que surgió de la nada para llegar a lo mucho. Sí, a lo mucho que supone poner en escena un texto teatral, por ejemplo, de un tal Miguel Mihura. Durante cerca de un año hemos caminado por una cuerda fina suspendida en el aire para mantener con vida este humilde proyecto que se apellida Teatro en almíbar. Manteniendo el equilibrio. Con ilusión. Con un poco de seriedad, y un mucho de humor. Con gestiones administrativas que desilusionan. Correteando en garajes ajenos. Con ganas de ocupar otros cuerpos. De saber de otros personajes, al margen de éste con el que cargamos cada uno de nosotros desde que rompemos en el primer llanto. De palpar otra realidad distinta a la nuestra. De enfrentar otra época. De impostar, y apostar a una carta que ninguno conocía. En sí, creo que eso es de un modo muy bruto el teatro. Y así hemos intentado hacerlo. Con nuestros pecados capitales, que son los más, y nuestras virtudes, que seguramente serán las menos, pero también las hay. No sin tener una cabeza pensante al frente. Sin ella liderando el grupo habría sido imposible. Como imposible resulta hacer absolutamente nada sin una pizca de interés, de ilusión, de constancia. Ingredientes de los que, por suerte, andamos quizá sobrados. Y no precisamente porque las cosas hayan sido fáciles.

   Aunque estoy convencido: lo más difícil de todo no ha sido ponerse en cabeza y llevar las riendas. Ni enseñar. Ni explicar los porqués. Ni razonar. Ni asignar uno u otro personaje. Lo más difícil es construir el todo. Buscar la sustancia unitaria. Perfumar la escena. Hacer el paisaje del conjunto. Contextualizar y valorar en su justa medida. Buscar el equilibrio. Dosificar. Definir el espacio y su mobiliario. Modular la voz de cada uno de los personajes. Darle un sentido coral al montaje. Ahí radica la mayor dificultad. Partir de un texto para hacer una adaptación creativa y que respete comas y puntos suspensivos. Créanme si les digo que esa tarea es vasta y muy compleja. También divertida y, espero, muy agradecida. Y la tarea está hecha. Creo, además, que muy bien hecha. Resuelta con la firma Aullón.

   Con todo, ya digo, hemos podido representar ese montaje (que todavía sigue en almíbar) una vez. Y este jueves diecisiete de octubre será la segunda y con casi total seguridad la última ocasión para disfrutar de la escena. Lo haré junto a mis otros seis compañeros de escenario. Otros seis personajes que sienten, como yo, el bien de altura al subirse a unas tablas de madera para probarse, delante del público, un traje muy distinto al que visten en sus rutinas diarias. Será el punto y aparte (nunca es un final) a este último acto. No será triste ni alegre. Simplemente será. Seguro, emocionante. Una experiencia que suma. Otra vivencia para echar a la mochila. Porque a veces no es solo el público el que aplaude al final de la obra. Y esa es la clave de todo.

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16 octubre, 2013 · 00:03