Viaje interior

“Parecía tan triste durmiendo como una

 mano amiga inalcanzable.” 

J. Morrison

   Esta vez estaba tardando demasiado. Si no llegaba a casa en menos de media hora su marido volvería a interrogarla, desconfiado de su retraso.

   Lo vio aparecer por la larga recta, algo lejos todavía. Dos minutos después el autobús paró frente a ella. Subió con cara de enfado arrastrando su carricoche. El vehículo estaba prácticamente lleno.

– ¿Qué ha sido esta vez? – preguntó Emma.

– Esas obras interminables de la avenida González Requena. ¡Parecen no tener fin! – contestó el autobusero.

   Como pudo, colocó su carrito en el lateral derecho del pasillo y se quedó de pie junto a él. El autobús reanudó la marcha y unos metros después se detuvo en la siguiente parada. Otro río de gente comenzó a subir y a apelotonarse al lado de Emma.

   Tardaron una parada en darse cuenta. Sus ojos, sin querer, se cruzaron en la distracción del viaje.

– ¡Hola Sara! – gritó Emma.

– ¿Qué tal? – contestó Sara.

– ¿Cuántos años…? – preguntó Emma.

– Creo que trece – le interrumpió Sara sin dejarle acabar la pregunta. Si no recuerdo mal.

– Vaya, parece que los tienes contados. Quién iba a decir que después de tanto tiempo íbamos a cruzarnos así y, sobre todo, aquí. – dijo Emma.

– Creo que sólo ha sido casualidad. Mi autobús no pasaba y he decidido coger éste que no me deja muy lejos de casa. Bueno, supongo que lo sabes. – explicó Sara.

– ¿El qué? – preguntó Emma sin llegar a entender la afirmación.

– Pues que no me deja lejos de casa, digo. – puntualizó Sara con aire altivo.

– ¡Ah, sí! ¡Claro! – exclamó Emma. Dejé de verte antes de la Universidad. ¿Qué tal te va todo?

– Soy trabajadora social. Ahora cuido de un anciano terminal, pero he estado tres años sin trabajar por lo de mi madre. – contestó Sara.

– Lo siento – dijo Emma. Me enteré el día después al ver la esquela.

– Fue un golpe duro. –dijo Sara. Sobre todo llevarlo sola, sin que papá pudiera hacer mucho. Esa maldita demencia senil le está comiendo lo único nuestro, los recuerdos. Cuando mamá volvía de la quimioterapia siempre preguntaba que dónde nos habíamos metido, y yo siempre le decía lo mismo: “Papá, hemos ido al cine a ver una película de ciencia ficción, de esas que no te gustan porque no hay indios ni vaqueros.” Y él contestaba también igual: “Pues a ver cuando me llevas a mí, nena, que siempre te vas con tu madre y yo me quedo aquí solo y aburrido.”

   Emma se guardó una lágrima, pequeña, apenas como una pastilla juanola. De repente, sintió todo el peso de sus 38 años de vida en los hombros. Un recuerdo adulto y muy triste le golpeó con mano de hierro. La sangre se le contagió de emociones y un escalofrío ácido recorrió su cuerpo de punta a punta.

– ¿Qué te pasa? – le preguntó Sara.

– Nada, es que me ha parecido gracioso. – contestó Emma mirando a ninguna parte.

– ¿La historia de papá y mamá?. – volvió a preguntar Sara.

– Sí, claro. Parece sacada de una película española de esas que nadie ve. – dijo Emma.

– Y tú, ¿qué haces ahora?. – Sara cambió el tercio.

– Acabo de tener mi tercer hijo, ya ves. – contestó Emma señalando el carrito y tras permanecer unos segundos pensativa. No trabajo, no cocino y no limpio. Todo lo hace mi asistenta. Creo que estoy felizmente casada con un hombre que amasa mucho dinero. Y mi mayor aventura es esta: cojo el autobús para sentirme una persona normal. Aunque mi marido cree que viajo siempre en taxi.

– Es raro: tan cerca y tan lejos a la vez. Trece años pasan rápido. Y volver a encontrarnos así, en el autobús. Un encuentro tan efímero y tan frío, pero a la vez tan hogareño. – dijo Sara.

   El autobús frenó frente a un bloque de edificios de construcción reciente y la gente comenzó a bajar con la misma premura con la que había subido.

– Bueno, – dijo Emma con una voz que sonaba triste-  me bajo en esta parada. Ha estado bien volver a encontrarnos.

– Sí, lo mismo digo. – contestó Sara.

– Sara, hazme un favor, ¿quieres?. – le dijo Emma mientras descendía del vehículo. Dale un beso a papá cuando llegues a casa.

– Podrías dárselo tú, quizá todavía te recuerde. –dijo Sara.

   Las puertas se cerraron y el autobús siguió su marcha.

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