Archivo mensual: octubre 2013

Paco Nadal: “El viaje es un ejercicio de soledad”

  Paco Nadal (Murcia, 1960) llega a nuestra cita 10 minutos antes de la hora acordada, sabedor de que el retraso para un turista siempre es un mal compañero de viaje. Su trabajo es uno de los más envidiados en el ámbito periodístico: viaja por los cinco continentes, conoce culturas de todo tipo, habla con multitud de gente diferente, y después lo cuenta. Da igual dónde, pero lo cuenta: en su blog, en la cadena Ser, en el diario El País, en un documental televisivo o en cualquier otra publicación que contrate sus servicios. Lo importante es narrarlo, escribirlo. Y, ojo, le pagan por ello. Se gana la vida así. Mejor o peor, pero el periodismo de viajes le da de comer. Y eso a pesar de no ser periodista de carrera. No hizo los estudios oficiales, aunque sí los extraoficiales: la imprescindible escuela de la experiencia. Así, lleva más de 20 años comiendo y pagando sus impuestos con esto. Dos décadas en las que también le ha dado tiempo a publicar tres libros de narrativa: “El cuerno del elefante”, “Pedro Páramo ya no vive aquí” y “Si hoy es jueves, esto es Tombuctú”. Vive en Madrid pero confiesa que siempre que puede se escapa a Los Urrutias, donde aún residen su infancia y sus recuerdos. Nadal habla tan rápido que, en ciertos tramos de la entrevista, es difícil seguirlo. Lo hace, eso sí, dejando tras de sí una estela de pensamientos y reflexiones, igual que ese avión a reacción que dibuja en el aire una línea densa de humo blanco.

– La primera pregunta es casi obligada, y pura curiosidad. ¿Qué lleva a un licenciado en Química, de la rama de ciencias puras, a dar un giro en su vida y pasarse al bando de las letras para dedicarse a la escritura, al periodismo de viajes?

Surge un poco por casualidad y un poco por empecinamiento. Siempre había querido ser fotógrafo -o reportero, como se llamaba antes- pero circunstancias de la vida me pusieron en una facultad de Química. Terminé la carrera y empecé a trabajar en un negocio familiar para el que estaba destinado. Pero llegó un momento, cuando cumplí 30 años, que decidí que no estaba bien con la vida que llevaba o que ya había cumplido una parte, y que ahora debía vivir mi vida. Así que lo dejé, me fui a Madrid y tuve la suerte de conseguir una plaza en el máster de El País [Nota: el máster de periodismo que realiza el periódico]. Y eso fue lo que me recicló. 

–  ¿Qué se le ha perdido a un viajero en Groenlandia, una isla con el 85 por ciento de su superficie hecha hielo? [Nota: la entrevista se produce media hora antes de que Nadal ofrezca en el aula de cultura de la CAM una conferencia sobre sus dos viajes a Groenlandia

Siempre me han atraído los grandes espacios abiertos. Me gusta viajar, pero si me dan a escoger prefiero los desiertos más que las ciudades porque éstas me aturden, me agobian. Así que si me dejas elegir entre Nueva York y Groenlandia me voy mil veces a Groenlandia. Me gustan los desiertos, y todos no son de arena: están los desiertos blancos como ése, hay desiertos azules como el mar o están los desiertos de arena, que son los clásicos. Me gustan esos paisajes, explorar territorios, y me gusta el minimalismo que transmiten. Surgió la posibilidad de hacer la exploración junto a otros tres amigos de Murcia y, aunque ninguno tenía experiencia en expediciones de ese tipo (uno de ellos ni siquiera se había puesto unos esquís en su vida), me apunté. Exploramos una parte de Groenlandia en la que además nadie había estado antes; no porque fuera especialmente difícil ni nada por el estilo, simplemente porque Groenlandia es tan grande que todavía quedan zonas por explorar y a las que nadie ha llegado.

Paco Nadal

 –  Llevas años viajando por todo el mundo, recorriendo los cinco continentes, pero desde tu propia experiencia como un profesional que vive de los viajes que hace, ¿cómo ha evolucionado el fenómeno turístico en la última década? ¿Se ha socializado el hecho de viajar?

Todo ha cambiado con la llegada de Internet. Y, lógicamente, este mundo de la comunicación viajera también. Yo empecé siendo periodista de viajes hace 22 o 23 años y entonces el mundo profesional era muy distinto: se dividía en periódicos o en revistas de papel, se hacían fotos que tardabas 15 días en revelar y había una jerarquía a través de un medio de comunicación en el que tenías que entrar. Si tenías la suerte de entrar, bien, y si no, te quedabas fuera y no publicabas. La red lo ha cambiado todo: lo ha socializado, lo ha vulgarizado, lo ha empeorado, lo ha mejorado. El cambio ha sido 100% radical, eso da para otra conferencia entera. Antes volvías, revelabas las diapositivas y a los dos meses de tu regreso del viaje le pegabas un rollo a los amigos de cuatro carros de diapositivas;  ahora lo estás contando en directo. Ese viaje de Groenlandia lo fui contando en directo en mi blog gracias a un teléfono satélite. Ha cambiado completamente. ¿Para bien o para mal? Soy de los que jamás pensaré que cualquier tiempo pasado fue mejor; el tiempo mejor siempre es el presente que estamos viviendo, y aún mejor el futuro que está por venir. Hay que adaptarse. Yo como periodista me he adaptado: uso la tecnología, todas las herramientas a mi alcance para hacer lo que siempre me gustó que es contar historias. Antes lo hacía de una manera y ahora lo hago de otra.

“Quizá el pecado del viajero

moderno sea la prisa”

– ¿Pero el fenómeno “low cost” (bajo coste) ha contribuido a esa socialización de la actividad turística? ¿Ha permitido que gente que no podía viajar sí pueda ahora coger una maleta y largarse a hacer turismo?

Sin lugar a dudas. A ver, siempre la gente joven y con poco dinero ha viajado. Yo viajé desde que tenía 15 años y viajé a sitios lejísimos con muy poco dinero. Y se hacía inventándote otras cosas, por ejemplo haciendo autostop, viajando con más tiempo, cogías un tren o un autobús para viajar. Yo he llegado a ir a Noruega en autobús, tardé un mes en ir y volver. Ahora vas y con 50 euros, con suerte, pillas una tarifa barata. Todos estos cambios han venido a socializar y a popularizar el viaje, y eso es bueno. Yo creo que la gran diferencia es que ahora se viaja con mucha más prisa, eso va in crescendo. Ese es quizá el pecado del viajero moderno, la prisa. Somos capaces de irnos a Sudamérica o a Vietnam una semana. Es una locura. Pero bueno, al final es una opción personal, ir acelerado o echar el freno depende de cada uno.

–  Intuyo que pocas cosas o quizá ninguna te servirían de excusa para, llegado un día determinado, dejar de viajar. Pero quizá, ¿una de esas cosas por las que alguien como tú podría llegar a plantearse esa cuestión sería dejar a un lado el trámite del aeropuerto? ¿Se han convertido las terminales en espacios incómodos, en lugares en los que desde que entras te sientes sospechoso?

El otro día escribía un post en el blog en el que señalaba 10 razones por las que algún día dejaría de viajar, aunque he de confesarte que por ninguna de las 10 dejaría de hacerlo. Pero es verdad que una de ellas podría ser la incomodidad de los aeropuertos. Antes llegabas y te trataban de Don, porque eras un Señor o una Señora. Era un medio de transporte de una clase. No digo de una clase social, sino de una clase de atención al público. Eso también se ha socializado, se ha vulgarizado y se ha hecho incómodo a más no poder. Desde luego si algún día dejo de viajar, que no lo dejaré jamás, será por la incomodidad de coger un avión. Ahora mismo ir a un aeropuerto es sentirte sospechoso, medio te desnudan, todo está prohibido: que si los líquidos, que si llevar más de dos bultos, y eso es incomodísimo. Las “low cost” las uso lo justo. Las odio por un lado porque han vulgarizado el trato que te dan. El resto de compañías han tenido que adaptarse y rebajarse para competir con ellas y no saben hacerlo, y lo único que han sabido es dar peor servicio. Pero no han mejorado nada. Y por otro lado, a esas mismas “low cost” les agradezco que gente con poco dinero pueda viajar ahora. También es cierto que es erróneo. Eso está supra valorado: puede viajar barato el que puede coger un avión un martes a las 7 de la mañana. Tú intenta irte con una compañía “low cost” en un puente a Londres; te cuesta lo mismo que con una compañía regular. Hemos endiosado demasiado a las “low cost”. Con ellas se puede viajar muy barato si vas a contracorriente, es decir, si no tienes horarios o no llevas mucho equipaje. Pero si intentas viajar con esas mismas compañías cuando el 80% de la población puede viajar, que suele ser en temporada alta, los precios son los mismos.

–  Le escuché decir en radio que un año llegó a calcular que había pasado 230 días fuera de casa, alejado de la familia. Pero para aquellos a los que nos queda muy lejos esa realidad que supone estar viajando prácticamente cada semana a un sitio distinto, ¿cómo es despertar en lugares tan diferentes con tanta frecuencia? ¿Llega a afectar en lo personal y, sobre todo, en lo familiar?

En lo familiar, por supuesto. O tienes alguien, una pareja, que te siga el juego y que te entienda o es imposible tener una vida normal. Yo no tengo hijos porque no he querido tenerlos, porque no podría ni verlos crecer. O tendría que cambiar de vida, y no he querido. Pero a mí no me afecta porque me encanta. Adoro vivir en un hotel y estar hoy aquí, mañana allí. Este mes, por ejemplo, llevo 3 semanas en casa y ya estoy que me subo por las paredes. Menos mal que la que viene me voy a Colombia, porque un mes seguido en casa ya me suena muy raro. A mí me gusta, pero porque me sale de dentro, no tengo que forzarlo. Si no te sale es una vida durísima. Yo odio la rutina. Toda mi vida he huido de esa rutina y he conseguido hacer que en mi vida cada día sea distinto. Pero es cierto que hay gente que necesita de esas rutinas: saber dónde va a dormir, dónde están sus hijos, dónde va a estar mañana o qué va a hacer en sus vacaciones. Y yo esa necesidad también la entiendo y la valoro, y jamás lo criticaré porque cada uno debe elegir el estilo de vida que se amolde a sus necesidades. Para mí, sin embargo, viajar es placentero.  Es cierto que hay veces que amaneces y te preguntas dónde estás, o qué tenías que hacer ese día. Quizá el único pero es que como profesional de los viajes, de la comunicación viajera, llega un momento en que te insensibilizas, es decir, te haces más exigente, demasiado crítico, porque has visto tantas cosas y tienes tantos elementos para valorar que te haces muy crítico. Hay quien me ha dicho: “como has visto tantas cosas ya nada te gusta”. Y no es que nada me guste, es que tienes en tu mano más elementos de juicio porque has visto muchos pueblos con encanto, muchas playas paradisíacas, muchas palmeras. Esa capacidad de emoción que tenías en los primeros viajes, eso sí se pierde, pero es normal. Es como el amor; la pasión del amor dura unos meses o un año, pero no puede durar 25 años, y luego eso se cambia por otras sensaciones que no son las mismas pero sí son igual de placenteras.

“No hay peor paleto que aquel que dice:

como aquí, no se vive en ningún sitio”

– Te dedicas al periodismo y, en concreto, a una rama muy específica que es el periodismo de viajes. Del estado de la profesión periodística, en general, mejor no hablamos porque no habría paño suficiente para secar tanta lágrima; pero en cuanto a esas publicaciones específicas de turismo y viajes, ¿también han sufrido del mismo modo las consecuencias de la crisis económica?

Absolutamente. Ha pasado un tsunami por encima de ellas. Yo antes trabajaba con una docena de revistas y suplementos, y de todos ellos quedan uno o dos. Eso ha desaparecido. Lo único, digamos bueno, es que sigue existiendo necesidad de información viajera. La gente sigue viajando. Es más, ahora se busca más información viajera y hay más posibilidades. Entonces lo que hemos tenido que hacer los periodistas de este ramo ha sido adaptarnos a las nuevas formas que tiene la gente de buscar la información. Nosotros ahora somos prescriptores, una palabra horrorosa, somos contadores de historias, narramos nuestras experiencias; por tanto, lo que tienes que hacer es ver que si antes la gente buscaba esa información en una guía impresa en una librería y ahora la ve en un Iphone, tienes que saber encauzar tu trabajo y dárselo ahí. Es decir, no se ha perdido la necesidad de información acerca de lugares en donde se puede dormir, comer o viajar. Lo que sí ha cambiado es la forma como se busca. Y si tú como profesional no sabes dar ese servicio desapareces. Y desapareces también como periodista de viajes.

– Viajas con mucha frecuencia y eso te ofrece la posibilidad de mirar desde fuera y en perspectiva la situación de nuestro país, sobre todo charlando con gente extranjera y que seguramente lee acerca de lo que está pasando en España. ¿Cómo nos ven, hoy por hoy, desde fuera? ¿Ha cambiado radicalmente eso que, oficial y políticamente, se llama ahora marca España?

Curiosamente ha cambiado bastante. Hace 10 o 15 años éramos los simpáticos y los cachondos de Europa; los que habíamos conseguido salir del arroyo y de una dictadura, y todo se veía bien. Y de repente en 5 años, sobre todo en algunos países centroeuropeos, ha calado la idea de que aquí somos una panda de vagos que vivimos de lo que nos manda Alemania. Y por desgracia esa es la imagen que se tiene ahora mismo de nosotros sobre todo en el centro y norte de Europa: que ellos ponen el dinero y nosotros nos lo gastamos. Eso en cuanto a Europa. En el resto, en Latinoamérica o Asia, por ejemplo, la percepción sigue siendo la misma. La imagen de la crisis, del parón, del frenazo, no ha llegado tanto allí. Tampoco la pagan ellos, como les pasa a los alemanes o a los daneses que están cabreados con nosotros por eso. Pero bueno, seguimos estando ahí: un país intermedio que no es potencia pero que tampoco está abajo, que somos alegres y simpáticos. Esa imagen se sigue manteniendo así, salvo en buena parte de Europa, donde la percepción de eso que se llama marca España ha cambiado.

Paco Nadal 2

– Dices que acostumbras a viajar solo porque te atrae la soledad del viajero. Sin embargo, hay mucha gente en nuestro país que todavía hoy sigue viendo extraño precisamente eso: viajar solo. Quizá porque se entiende el turismo o el viaje como una actividad grupal, en la que si no compartes la experiencia parece que te falta algo…

Esto pasa sobre todo en España, que hemos sido poco dados a viajar, y mucho menos hacerlo solos. Generaciones que no han salido solas porque no hablaban idiomas y además éramos un país atrasado. Mientras, los jóvenes centroeuropeos, australianos o americanos desde que acabara la segunda guerra mundial empezaron a viajar solos por ahí. Aquí, sin embargo, ha costado más. Yo creo que el viaje es un ejercicio de soledad, si quieres que sea un verdadero viaje. No quiere decir que vayas siempre solo, pero sí tiene que haber una fuerte introspección. Si vas en un grupo, envuelto en ese grupo y solo atendiendo a ese grupo no te enteras de lo que te rodea. Es como si vas al teatro con orejeras, estás viendo solo la mitad del espectáculo. El gran viaje es ese viaje de introspección, ya no digo tanto en solitario como en una situación de vida interior. Por eso a mí siempre me ha gustado viajar solo. También que por mi trabajo tengo que hacerlo así, porque hay veces que tengo que ir a Etiopía, a Nueva York, o a las Chimbambas, y tengo que ir solo porque me lo encarga una revista o una televisión. También la falta de presupuesto hace que donde antes se iban cinco para hacer una producción de televisión ahora me voy yo solo. Y a lo sumo vamos dos. Pero siempre me ha gustado viajar solo o con poca gente. Además, si hay una actividad humana complicada para las relaciones esa actividad es el viaje. En el viaje sale lo peor de cada uno. Son 24 horas de tensión fuera de tu entorno, en un entorno agresivo porque, aunque estés en una playa paradisíaca del Caribe siempre habrá mosquitos o te pueden robar, circunstancias que te hacen estar en perpetua tensión, y eso genera un contexto capaz de sacar lo peor que hay en ti. Si no viajas con alguien que sepa que te entiende, mejor ir tú solo. Nunca el dicho “más vale solo que mal acompañado” se pudo aplicar mejor a una situación como es la del viaje.

“Hay mucha gente que viaja

simplemente porque es esnob”

– Escribía Dean MacCanell en su libro ‘El turista’ lo siguiente: “El momento en que se manifiesta el ‘tienes que ver esto’ o ‘prueba esto’ o ‘siente esto’ es el que da origen a la relación turística; que también es la base de un cierto tipo de solidaridad humana.” Hacer turismo, viajar, ¿se debe ver como una actividad con un fuerte componente social y pedagógico?

No solo pedagógica, también económica para muchos pueblos. Hay pueblos, regiones y países que si no fuera por el turismo estarían muertos de hambre o se habrían ido todos de allí. El turismo mal llevado o no controlado destruye culturas, pero bien gestionado es la única fuente de ingresos ya para muchas regiones del mundo. Se ha acabado la pesca, la agricultura, las formas de vida tradicionales, y a veces el turismo es lo único. Eso en cuanto a quien recibe turismo. Pero en cuanto a quienes van, si tú vas con un espíritu abierto y tolerante, es decir, si quieres que el viaje te cambie, efectivamente viajar te hace más tolerante. Lo que pasa es que hay mucha gente que viaja con el corazón cerrado y en realidad esa apertura le importa un bledo; viaja porque es snob. Pero si tú sales de viaje verdaderamente como una esponja, con la mentalidad y el corazón abiertos, sí te hace mucho: te enseña que hay muchos mundos, que todos son válidos y que cada uno de ellos es, para cada persona, lo mejor y lo más importante que existe. Que existen religiones, culturas, formas diferentes de entender la vida. Y sobre todo: que todas son dignas de tener en cuenta como la tuya propia. No hay peor paleto ni peor cazurro ni peor frase que la que dice: “es que como aquí (ponle aquí Murcia, Madrid o España) no se vive en ningún sitio.” Y curiosamente quien lo dice no ha salido a ver ningún otro sitio, entonces ¿cómo sabes tú que aquí se vive mejor? Hay que salir, ver, comparar, y luego quedarte con lo que quieras. Yo viajo por muchos sitios y he visto lugares paradisíacos que muchos ojos no verán en su vida y, sin embargo, cuando tengo un rato libre me gusta venirme a Los Urrutias, al mar Menor, porque es mi sitio de referencia, donde está mi infancia, mi familia, y me siento bien allí. Pero he podido ver y comparar, y por eso aprecio mejor aquello.

–** Fotografías de Pablo Pintado.

Agradecimientos:

Aula cultura CAM Murcia.

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Poemas, quizá, para un insomne (II)

DETRÁS DE LA AUSENCIA

Tallo palabras en tu aliento de seda

Y en su reverso inasible me yergo

Como la torre de Hércules.

Apoltronado sobre la tumba

De tus pensamientos decido

Lanzar los dados

Que conducen mi destino;

Un destino que destiñe

Quemándose en ese Bosque de Ideas

Que es mi SER.

Y, ¿sólo faltas tú? No creo estar seguro.

UNO

Hay frases que se caen sobre tus senos

como arrojadas en un océano de nada

Siempre que te vas

puedo leer en tus labios

lo que aún no te he dicho,

lo que tu corazón espera oír,

para dejarse llevar por la calidez del momento

Constantemente buscas en mí

algo que ya te dieron (algo anciano y trasnochado)

Yo, sin embargo, solo me dejo arrastrar

por la turbulencia de esos minutos

que creo sueños,

y luego plasmo en realidades

Tú y yo somos tan distintos

que, a veces, tras besar las yemas de nuestros dedos

-alejadas en los polos-

nos dejamos mecer en un mar de dudas cadavéricas

No somos mas que virutas de sueños

perdidas en un desierto,

en el que reinventamos el verbo amar

transformándolo en músculo y pellejo

Aún así

cuando te tengo,

cuando te amo,

cuando hemos conseguido construir

nuestro pequeño espacio en el mundo,

-alejado de voces extrañas-

aún así,

sigo dejando caer palabras sobre tus senos

que al rozarte se convierten en un océano de nada

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Teatro en almíbar

   Disculpen si hoy me leen algo más azucarado de la cuenta, si durante su paseo textual de miércoles (o de lunes, martes, jueves, viernes, sábado o domingo, cada uno elige qué y cuándo lee) tropiezan aquí con algún adjetivo endulzado, un sustantivo acaramelado (como su amor propio) o, en fin, una defensa humilde y anteriormente puesta en almíbar de la actividad teatral. Teatro desde un nivel aficionado, teatro como escape del teatro de su vida, teatro para el puro y simple entretenimiento de su intelecto.

   Permitan asimismo que hoy miércoles, día del espectador, les hable con voz nerviosa y torpe de Federico. Con un pañuelo de tela desgastada guardado en mi bolsillo. Agarrado a una botella de coñac. Desconfiado. Peinado con la raya bien marcada en el lado izquierdo. Ansioso. Sin sombrero, pero con prestancia. Vestido con camisa y chaqueta. Con zapatos de niño bien. Nervioso. Muy nervioso. ¿Les he dicho que estoy nervioso? Repetitivo. Les hablaré así, entre ustedes y yo.

   Prometo explicarles en la medida en que pueda y sepa porqué les anticipo todos estos detalles. Allá voy:

   Sabrán algunos de los que pasean habitualmente por aquí y me conocen fuera de este escenario digital (para el resto, ¡se hace saber!) que ando enrolado junto a otros siete personajes en una compañía de teatro aficionado que surgió de la nada para llegar a lo mucho. Sí, a lo mucho que supone poner en escena un texto teatral, por ejemplo, de un tal Miguel Mihura. Durante cerca de un año hemos caminado por una cuerda fina suspendida en el aire para mantener con vida este humilde proyecto que se apellida Teatro en almíbar. Manteniendo el equilibrio. Con ilusión. Con un poco de seriedad, y un mucho de humor. Con gestiones administrativas que desilusionan. Correteando en garajes ajenos. Con ganas de ocupar otros cuerpos. De saber de otros personajes, al margen de éste con el que cargamos cada uno de nosotros desde que rompemos en el primer llanto. De palpar otra realidad distinta a la nuestra. De enfrentar otra época. De impostar, y apostar a una carta que ninguno conocía. En sí, creo que eso es de un modo muy bruto el teatro. Y así hemos intentado hacerlo. Con nuestros pecados capitales, que son los más, y nuestras virtudes, que seguramente serán las menos, pero también las hay. No sin tener una cabeza pensante al frente. Sin ella liderando el grupo habría sido imposible. Como imposible resulta hacer absolutamente nada sin una pizca de interés, de ilusión, de constancia. Ingredientes de los que, por suerte, andamos quizá sobrados. Y no precisamente porque las cosas hayan sido fáciles.

   Aunque estoy convencido: lo más difícil de todo no ha sido ponerse en cabeza y llevar las riendas. Ni enseñar. Ni explicar los porqués. Ni razonar. Ni asignar uno u otro personaje. Lo más difícil es construir el todo. Buscar la sustancia unitaria. Perfumar la escena. Hacer el paisaje del conjunto. Contextualizar y valorar en su justa medida. Buscar el equilibrio. Dosificar. Definir el espacio y su mobiliario. Modular la voz de cada uno de los personajes. Darle un sentido coral al montaje. Ahí radica la mayor dificultad. Partir de un texto para hacer una adaptación creativa y que respete comas y puntos suspensivos. Créanme si les digo que esa tarea es vasta y muy compleja. También divertida y, espero, muy agradecida. Y la tarea está hecha. Creo, además, que muy bien hecha. Resuelta con la firma Aullón.

   Con todo, ya digo, hemos podido representar ese montaje (que todavía sigue en almíbar) una vez. Y este jueves diecisiete de octubre será la segunda y con casi total seguridad la última ocasión para disfrutar de la escena. Lo haré junto a mis otros seis compañeros de escenario. Otros seis personajes que sienten, como yo, el bien de altura al subirse a unas tablas de madera para probarse, delante del público, un traje muy distinto al que visten en sus rutinas diarias. Será el punto y aparte (nunca es un final) a este último acto. No será triste ni alegre. Simplemente será. Seguro, emocionante. Una experiencia que suma. Otra vivencia para echar a la mochila. Porque a veces no es solo el público el que aplaude al final de la obra. Y esa es la clave de todo.

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16 octubre, 2013 · 00:03