Neotelevisión

   Como con la publicidad llegó un momento en el que la televisión dejó de hablar de otros, de ofrecer contenidos, de ser mucho más que una caja de información y entretenimiento, para pasar así a hablar de sí misma. El medio, o más bien cabría decir quienes trabajan en él, se han dado cuenta de su poder definitivo. El entretenimiento y la diversión están servidos, en bandeja, para ser consumidos. Existe desde entonces una tendencia absoluta a convertir cualquier acontecimiento de la realidad en un espectáculo. Y existe, en este mismo sentido, una obsesión (en mi opinión) desmedida por la actualidad absoluta, la información en directo edulcorada con grandes dosis de entretenimiento. Ese imperialismo de la actualidad va a degenerar en una hipervisibilidad, un querer ver sin límites. El directo marca la información y, sobre todo, marca las pautas de desarrollo de la televisión.

   Estamos hablando, en este caso, de la neotelevisión que, además, va a coincidir en su desarrollo con lo que Guy Debord definirá en su libro (titulado del mismo modo) como la sociedad del espectáculo. Cualquier acontecimiento social debe pasar entonces el tamiz de la espectacularidad para ser atractivo al ojo expectante del espectador.

   También como en el caso de la publicidad, la televisión va a crear un mundo imaginario, artificial y excesivamente perfecto. Mucho mejor, para determinados ojos, que el mundo real. La realidad mediada es un hecho ya demasiado extendido, y  en adelante no hay forma de negarla.

El ver nos puede llevar a la confusión

   En ese nuevo panorama serán claves dos formatos televisivos que, a día de hoy, encontramos en las parrillas de muchas cadenas de televisión. Hablamos de talk show y reality show. Géneros de entretenimiento que pueblan las franjas horarias de más de un canal, aunque con especial relevancia se puede encontrar más de un ejemplo en Telecinco. Con su evidente influencia como telón de fondo, en el medio televisivo se ha ido asentando un nuevo discurso aún más cercano al ciudadano, que toca de lleno el plano cotidiano, el día a día de cualquier hijo de vecino. Y es que con esos programas de testimonios (los conocidos con el anglicismo de talk show) lo que se va a generar de algún modo es una complicidad entre espectáculo-espectador cargada de connotaciones personales. Lo explica bien Jesús González en su libro ‘El discurso televisivo: espectáculo de la posmodernidad’ cuando distingue los tres elementos que rigen ese nuevo discurso:

–  El relato, con una trama argumental.

–  El lector (vídeo oyente), que interioriza la experiencia contada a través de su televisor.

– El inconsciente, que acepta el contenido 100 veces repetido, tanto en televisión como fuera de ella, y de diferente forma.

   Quizá sea este último guión el más relevante de todos, porque lo que viene a dejar claro es que aunque el espectador conoce la historia (chico deja chica, chica se acuesta con mejor amigo de chico, hombre quiere recuperar a su padre perdido…) sigue atrayéndole de igual manera. Y lo hace porque él mismo la interioriza, la hace propia como si le estuviera sucediendo o ya la hubiese vivido. Se trata, en todo caso, de esa empatía implícita en la condición humana. Se desarrolla de esta forma una interacción a través del medio televisivo, que es posible gracias a la comunicación y a la publicación de una experiencia común. Del mismo modo ocurre con los reality show (programas tipo ‘Gran Hermano’ y derivados), que además han nacido fruto de la decadencia del discurso informativo, y que van a contribuir también a que se produzca esa descontextualización social.

“El acto de ver está atrofiando

la capacidad de entender”

   Podemos decir por tanto que la neotelevisión va a cultivar un simulacro de realidad, va a amamantar al pequeño bebé –recién nacido- que es la nueva realidad televisiva: una televisión especular, reflejo de sí misma. Pero esta neotelevisón, este espejo deformado de la realidad, va a suponer también lo que Gerard Imbert en su obra ‘El zoo visual. De la televisión espectacular a la televisión especular’ denomina una hipertrofia informativa: “El exceso de visibilidad puede provocar saturación y conducir a una cierta insensibilidad […] puede diluir los referentes y hacer perder el sentido de la realidad.” O lo que es lo mismo si atendemos a las palabras extraídas de otro libro de Giovanni Sartori (‘Homo videns. La sociedad teledirigida’): “El acto de ver está atrofiando la capacidad de entender.”

   Es decir, el ver nos puede llevar a la confusión, a la no comprensión de ese mundo real que está ahí fuera, que no está dentro de la televisión y que sólo se puede experimentar dándole al botón de apagado.

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3 comentarios

Archivado bajo Opinión

3 Respuestas a “Neotelevisión

  1. Isaak

    La solución es fácil, desconectar la tele de la antena y usarla solo como soporte para visualizar películas o series. Yo nunca he visto ni talk-show ( primera vez que leo ese nombre ) ni realities. Ni me gustan ni me parecen interesantes ( será por el hecho de ser poco empático con determinados personajes ). Y de hecho ahora he pasado a la fase de no ver ni los “desinformativos” ni los programas plagados de voceros paniaguados de uno y otro lado de ningún canal. Los dibujos del zagal y poco más es lo que se ve en mi casa. Apagar la tele es el mejor consejo que conozco.

    • Apagar la tele o ver solo los dibujos es una opción, pero yo prefiero pensar que aún estamos a tiempo de arreglarlo sin llegar a eso. Aunque, claro, no todo está en nuestra mano. Es difícil, pero al menos alguien tendría que intentarlo. Gracias por seguir pasándote por aquí también en verano!

  2. Pingback: Turista de salón | El habitátculo del parado

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