Archivo mensual: junio 2013

U2 no es un grupo de música

   Créanme lo que les digo. No hay ningún error en la sentencia. Palabra de parado que no les miento. Aunque quizá, para ser más precisos, mejor cabría decir que U2 no es solo un grupo de música. Verán, les explico. Hasta donde ustedes y yo sabemos (o no) U2 es un grupo irlandés liderado por el archimillonario (devenido en defensor de causas sociales) Bono. No José. El otro Bono, el de Irlanda. Pues bien, U2 es, al margen de ese conjunto musical, otra cosa que, en mi caso, he tenido el gusto o disgusto –según se mire- de conocer de primera mano.

   Por concretar ya, y sin emplear más retórica, les explico que U2 es el documento oficial que todo desempleado necesita para poder exportar su prestación por desempleo al extranjero. Y eso que suena tan a siglo XXI (exportar la prestación por desempleo) no es más que seguir cobrando el paro durante un máximo de seis meses y mientras estás fuera de tu país buscando una oportunidad para ganarte la vida. Así de sencillo. Es, digamos, otra canalización material de la burocracia a la que está sujeto todo parado. También, claro, el que escribe este post que, en apenas cinco días, contribuirá a engordar la cifra de movilizados en el exterior, que diría la ministra de (des)empleo, excelentísima señora Fátima Bañez. Me acuerdo también mucho de Valeriano Gómez, no crean. Por equilibrar la balanza.

   Pero si vamos un poco más allá podemos decir que U2 es mucho más que un documento de dos páginas. Y de ahí la gracia (o la tristeza) de afirmar que U2 no es un grupo de música. No lo es ya desde mi perspectiva. U2 es un motivo para demostrar los fallos del sistema en que vivimos. Es, en primer lugar, mi fracaso como periodista y trabajador español. Una licenciatura, un máster oficial, varios cursos para el reciclaje profesional (como lo llaman ahora)  y seis años de experiencia no sirven para tener un empleo en éste país y aún menos en ésta Región de Murcia. Hastiado, como otros conocidos y amigos, he decidido por tanto poner rumbo al extranjero. Fracaso, o triunfo. Sólo el tiempo lo podrá decir. U2 es, también, el ejemplo gráfico de que nuestro Estado ha fallado estrepitosamente en materia de educación y empleo. Formar a miles de jóvenes (hay incluso quien afirma que la actual es la generación mejor preparada de la historia) para dejarlos luego marchar a que produzcan en otro país. A que investiguen en otro país. A que eduquen en otro país. A que escriban en otro país. Hablo, claro, de la fuga de cerebros. Y no, no es que sea yo precisamente ejemplo de ello. Estoy muy lejos de considerarme un cerebro. Sirvo para poco más que esto: escribir y opinar con cierto criterio. Pero gente muy preparada que se está fugando a chorros de este país la hay. Los ejemplos los leemos, y los conocemos, con frecuencia en la poca prensa que va quedando. U2 es, por otro lado, el vehículo que servirá para explicar en un plazo breve el nuevo paradigma socio-demográfico de este país. Y aunque no tengo capacidad crítica suficiente ni datos para entrar en ese análisis, sí que tengo muy claro que eso tendrá su reflejo en el escenario de país que vamos a encontrar en el medio plazo. El éxodo laboral, aunque lo vistan como movilización exterior o experiencia formativa y aventura personal o flexibilidad absoluta del trabajador o no irse a otro país porque es el mismo que España (en ese perverso uso que la clase política, y más en concreto los dirigentes del PP, hacen del idioma) es, en sí, la fotografía de un momento. El momento exacto de la actualidad reflejada en dos hojas que resumen tu identidad laboral. U2 ya no es un grupo de música. Es más bien, y aunque no lo queramos ver, el salvoconducto imprescindible y necesario para la supervivencia de muchos.

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Hiperrealidad televisiva

 “La enfermedad de la cultura del siglo XX es la incapacidad de sentir la realidad. La gente se aferra a la televisión, a las películas, a los culebrones, al teatro, a los ídolos del pop. Y estos símbolos les producen emociones, pero en la realidad de sus propias vidas están emocionalmente muertos.” (James Douglas Morrison)

   Quizá esta cita del cantante del grupo californiano The Doors pueda servirnos, de algún modo, para ahondar en lo que se conoce como hiperrealidad televisiva. Jim Morrison hablaba ya en la década de los 60 de una pérdida evidente de percepción de realidad social a través, digamos, de canales tradicionales. Una pérdida que se acentúa aún más a partir de la aparición de la televisión, un fenómeno extraordinario que, desde su nacimiento, va a modificar el porvenir social. Porvenir que veremos cambiar en blanco y negro primero, y en color después. A pesar del crecimiento espectacular de Internet en los últimos años, la televisión sigue siendo el medio con mayor penetración entre el público y, por tanto, el que cuenta con más capacidad de influencia personal. De ahí que este aparato se vaya a convertir desde hace algunas décadas en un poderoso constructor de realidad. Una realidad paralela y que, en todo caso, nos viene mediada no sólo por el aparato en sí (la herramienta para consumir esa información), sino también por quienes han construido el mensaje que en esos momentos se está emitiendo. Esto es, aquellos que han troceado la realidad para después ofrecerla en forma de contenido audiovisual. Por tanto, podemos decir que la televisión va ser el medio a partir del cual el individuo va a construir (o mejor dicho, reconstruir) su entorno social, su contexto inmediato, en el que se cuelan además valores, opiniones, juicios sociales…

   Pero ese concepto de hiperrealidad televisiva alude más bien a la distorsión del mensaje, a la manera en que la realidad de ahí fuera se modifica para encajarla ahí dentro, en la televisión. Porque evidentemente todo lo que acontece en la calle, lo que sucede fuera de nuestros límites, no es al cien por cien adaptable al medio audiovisual. Lo que va a conseguir entonces la televisión es crear unos contenidos bien definidos para su exposición, pero en parte alejados del contenido original. Es el ejemplo de los programas de testimonios (talk show) que tan de moda han estado durante los últimos años. El ejemplo en el que podríamos fijarnos sería el archiconocido ‘El diario de Patricia’. Lo que consiguieron las productoras audiovisuales a través de estos programas es hacer de un acontecimiento personal (la pérdida de una amistad, el noviazgo que se acabó, el primo con el que se enfadó…) un acto social, en el que además existía también un motivo de comunión y comprensión por quien narraba la historia. Incluso si vamos más allá podríamos afirmar que si no hay una cámara de por medio la realidad no tiene sentido, es decir, el hecho que se narra carece de valor si no puede ser expuesto a un público que lo asimile y le otorgue un significado. Esto es lo que el investigador italiano y premio Príncipe de Asturias Giovanni Sartori va a definir en su libro ‘Homo videns. La sociedad teledirigida’ como el pseudo-acontecimiento: el hecho ocurre porque una cámara lo está grabando; pero existe así una parcialidad de la información que consumimos a través del medio televisivo.

La hiperrealidad televisiva ha conseguido que la sociedad acabe sustituyendo su realidad diaria por otra que viene construida a imagen y semejanza de las producciones televisivas.

   Y aquí tenemos un ejemplo muy gráfico que quizá les suene: el discurso-mitin que vemos con una cadencia diaria durante la campaña electoral previa a unas elecciones generales. Tenemos aquí un buen exponente de cómo televisión y política se dan la mano para invitar al público a una emotividad (quizá exagerada, quizá no) que le conduce a un estado de agitación personal. Me refiero al momento en el que el político de turno (cualquiera que sea) sabe que en esos momentos está saliendo por televisión y llegando, por tanto, a millones de espectadores y posibles votantes. Un momento que el personaje en cuestión aprovecha para remarcar su discurso y lanzar aquel gran titular con el que quiere que se queden todos los vídeo oyentes. Está, entonces, partiendo su discurso con la consciencia de que esa frase, esos 45 segundos de publicidad, están siendo retransmitidos por televisión, de manera que todos nos estamos construyendo una determinada realidad, una realidad parcial y enfatizada por ese momento-mitin.

   Lo explica con detalle Gérard Imbert en ‘El zoo visual’ cuando  habla de que la hiperrealidad televisiva ha conseguido que la sociedad acabe sustituyendo su realidad diaria (la que puede tocar o sentir) por otra que viene construida a imagen y semejanza, en este caso del que hablamos, de las producciones televisivas.

   Podemos hablar entonces de un fotomontaje de realidad que, a modo de abanico de imágenes, va a acabar determinando nuestro espacio real y va a acabar conformando también nuestro entorno social. En resumen, podemos retomar otra vez el comienzo de este apartado cuando hablábamos de Morrison. En esa cita, él lo decía bastante claro: “La enfermedad de la cultura del siglo XX es la incapacidad de sentir la realidad”. Esa incapacidad a la que se refiere el cantante norteamericano no es otra que la forma en que las personas nos hemos adaptado a percibir nuestro entorno. Y la percepción viene mediada en todos los casos por un aparato eléctrico de determinadas pulgadas. Nos guste o no, lo creamos o no, ese aparato ejerce en nosotros una influencia determinante. Y lo peligroso es que hayamos dejado de ser conscientes de ello.

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Mi ventana

Me gusta mirar por Mi ventana. Es un gesto habitual, sencillo, natural, adquirido de un tiempo para acá. Me gusta observar por ella: los coches, los árboles, la escasa gente, el escaso cielo que abarca mi visión desde esa posición.

Me gusta, porque me gusta pensar.

Me gusta, porque me gusta perder el tiempo.

Me gusta esa ventana. Me gustan las chicas. Me gusta pensar en lo que duele.

Me gusta pensar en soledad. No me gusta la soledad.

Me gusta escribir en esta libreta. Me apetecía escribir en este momento de confusa soledad. Me gusta Mi ventana por eso, porque acudo a ella cuando estoy confuso, solo.

Me gusta pensar en los recuerdos. No me gustan los recuerdos dolorosos, pero pienso en ellos constantemente.

No me gusta el olvido, pero quisiera olvidar demasiadas cosas.

Quisiera saber escribir una novela, una crítica teatral, un artículo periodístico, un poema de amor, una composición decente, una letra de canción, un poema para Mi ventana.

Porque me gusta Mi ventana, pero solo me gusta el lugar; no me gusta lo que a través de ella veo. Pero me gusta mirar.

Mi ventana es mi amiga. Ha aguantado mis sollozos y lágrimas, mis penas ciegas, mis conflictos interiores de huesos y pellejo, mis peores y siempre perennes fracasos, mis crecientes dudas. Mis escasas alegrías nunca las verá Mi ventana; porque solo acudo a ella cuando sufro, para que me ayude a salir, y a ver el escaso cielo, y los coches en circulación, y ver, de nuevo, la confortable rutina de la vida.

Mi ventana me enseña más de lo que ella sabe, y yo, a cambio, solo le ofrezco lágrimas infinitas.

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